
De las ideologías a la organización espiritual de la comunidad. Las experiencias asiáticas. China, Singapur, Malasia e Indonesia. El milagro de Francisco.
Por Daniel Di Giacinti
“Junten cien individuos que piensen como quieren y enseguida se separarán solos; pero tomen cien individuos que piensen de la misma manera y no se separarán jamás.”
Juan Domingo Perón, Conducción Política
Esta afirmación suele ser interpretada por el antiperonismo como una defensa del pensamiento único o una negación de la diversidad. Sin embargo, esa lectura sólo sería válida si se la aplicara en el marco de las instituciones liberales tradicionales, organizadas desde una lógica verticalista donde una minoría decide y la mayoría obedece.
Lo que Perón proponía era algo diferente: la necesidad de una organización espiritual común que permitiera sostener una construcción colectiva. No una uniformidad intelectual, sino una unidad de principios comunes. Las ideologías modernas buscaron históricamente alcanzar esa cohesión mediante sistemas cerrados de ideas que pretendían explicar toda la realidad y ofrecer respuestas para todos los problemas. La unidad surgía de la adhesión a una verdad previamente elaborada por una vanguardia política, filosófica o intelectual.
La doctrina propone otro camino. No exige respuestas prefabricadas ni una interpretación única del mundo. Busca construir una comunidad que comparta principios fundamentales, una misma jerarquía de valores y un horizonte común de realización.
En un mundo cada vez más complejo, nadie posee por sí solo todas las respuestas. Pero una comunidad que comparte valores puede buscarlas de manera conjunta sin fragmentarse. La unidad deja de surgir de la obediencia a una ideología y pasa a surgir de la adhesión a una doctrina común. Por eso la organización doctrinaria no pretende que todos piensen exactamente igual, sino que todos miren la realidad desde una misma dirección espiritual. La creatividad permanece intacta, pero encuentra un cauce común que evita la dispersión y la confrontación permanente.
La verdadera fortaleza de una comunidad no reside en eliminar las diferencias, sino en lograr que esas diferencias trabajen armónicamente detrás de un objetivo compartido.
De las ideologías a la doctrina
La crisis contemporánea de la política tiene relación directa con el agotamiento de las ideologías como mecanismo de organización social. Durante los siglos XIX y XX, las grandes corrientes ideológicas ofrecían interpretaciones globales de la realidad y proponían caminos predefinidos hacia una sociedad ideal. El pueblo debía adaptarse a un libreto elaborado por intelectuales, dirigentes o vanguardias esclarecidas. Pero el mundo actual ha cambiado profundamente.

La complejidad creciente de las relaciones económicas, sociales y culturales, sumada a la revolución tecnológica de las comunicaciones, ha multiplicado las capacidades de participación, creación e intervención de los pueblos. El hombre contemporáneo ya no acepta ser un espectador, ni seguir un libreto. Quiere comprender, participar y aportar. Por eso las nuevas democracias necesitan superar el paradigma ideológico y avanzar hacia una política doctrinaria.
Una doctrina no pretende ofrecer soluciones universales ni verdades definitivas. Su función es brindar principios comunes, una escala de valores y una orientación compartida que permitan a una comunidad pensar, crear y actuar en conjunto. La libertad ya no surge de obedecer una ideología cerrada, sino de participar conscientemente en una búsqueda permanente de la verdad y del bien común.
Un nuevo humanismo
Esta nueva etapa exige recuperar la confianza en el hombre y en las capacidades creadoras de la comunidad. Las futuras democracias deberán apoyarse en una profunda fe en el pueblo, reconociendo que existen en él reservas morales, culturales y espirituales capaces de orientar la construcción de un proyecto común.
Las dirigencias ya no podrán actuar como vanguardias iluminadas ni como administradores tecnocráticos de la sociedad. Su misión será interpretar, coordinar y armonizar la acción colectiva. No deberán imponer soluciones; deberán organizar la inteligencia social para encontrarlas.
Desde la tradición justicialista, esta confianza se expresa en la convicción de que los sectores populares conservan valores de solidaridad, sacrificio, trabajo y sentido comunitario que constituyen el fundamento ético de toda transformación profunda.
La organización del espíritu común
El desafío central de las nuevas democracias consiste en organizar un espíritu común que permita transformar la participación dispersa en construcción colectiva. Esa es la función de la doctrina. No reemplazar la creatividad popular, sino ordenarla. No imponer uniformidad, sino brindar una identidad compartida que permita actuar juntos.

La doctrina justicialista, sintetizada por Perón en las banderas de Justicia Social, Independencia Económica y Soberanía Política, cumple precisamente esa función: organizar la potencia creadora de la comunidad y darle una dirección común sin anular su diversidad. Adoctrinar no significa repetir consignas. Significa construir una misma forma de comprender la realidad y una misma escala de valores para actuar sobre ella. Es la organización espiritual que hace posible la organización política.
Un nuevo concepto de autoridad
En las democracias actuales, la autoridad suele definirse como el derecho a decidir por los demás. La Comunidad Organizada propone otra lógica. La autoridad no surge de la capacidad de imponer una voluntad, sino de la capacidad de coordinar el esfuerzo común. Cuando una comunidad comparte objetivos, principios y valores, la conducción deja de ser dominación para transformarse en articulación.
La autoridad pertenece a quien mejor logra armonizar la acción colectiva y potenciar las capacidades de todos. La verdadera revolución democrática consiste precisamente en este cambio: pasar del verticalismo de la imposición al liderazgo de la coordinación; de la obediencia pasiva a la participación creadora; de las ideologías cerradas a una doctrina capaz de organizar el espíritu de una comunidad que busca construir su propio destino.
Perón y una intuición adelantada a su tiempo
Durante los años cincuenta, Juan Perón formuló estas ideas en relativa soledad. La propuesta de una democracia autodeterminante, organizada sobre principios comunes y participación comunitaria, resultaba demasiado avanzada para una época dominada por la confrontación entre liberalismo y marxismo.
Sin embargo, compartiendo esa mirada independiente que se sintetizaría como una “Tercera Posición”, comenzaron a surgir en Asia experiencias políticas que, desde tradiciones culturales muy diferentes, recorrieron caminos parcialmente similares. Todas ellas comparten un rasgo llamativo: buscan construir cohesión social a partir de principios comunes antes que desde ideologías cerradas.
Indonesia y la Pancasila
Indonesia enfrentó en 1945 un gran desafío debido a la profunda crisis política que se derramaba en sus miles de islas, cientos de grupos étnicos y múltiples religiones.

Para evitar que la nación quedara atrapada entre distintas ideologías enfrentadas, Sukarno impulsó la Pancasila, una filosofía nacional basada en cinco principios:
- Creencia en Dios.
- Humanidad justa y civilizada.
- Unidad nacional.
- Democracia basada en la deliberación y el consenso.
- Justicia social.
Su objetivo era ofrecer un terreno común donde distintas corrientes pudieran convivir sin destruir la unidad nacional. En muchos aspectos, se aproxima a la idea peronista de doctrina: principios compartidos que orientan la acción colectiva sin imponer una ideología cerrada.
Malasia: unidad en la diversidad

Tras los conflictos étnicos de fines de los años sesenta, Malasia adoptó el Rukun Negara, una filosofía nacional basada en principios compartidos:
- Creencia en Dios.
- Lealtad a la Nación.
- Respeto a la Constitución.
- Estado de Derecho.
- Moralidad y buena conducta.
Otra vez, la intención no era uniformar a la población, sino ofrecer un conjunto de valores capaces de integrar una sociedad profundamente diversa.
Singapur: los valores compartidos

A comienzos de los años noventa, todas fuerzas políticas de Singapur impulsaron una filosofía nacional conocida como Valores Compartidos. Querían con ella resolver la permanente disputa provocada por el electoralismo extremo y lograr un basamento común.
Sus principios fundamentales eran:
- La nación antes que el individuo.
- La familia como núcleo básico de la sociedad.
- La búsqueda de consensos.
- La armonía entre comunidades.
- La responsabilidad mutua entre individuo y sociedad.
Más que imponer una ideología partidocrática, estos principios procuraron construir una identidad común capaz de reducir la confrontación política y fortalecer el compromiso colectivo.
El caso chino
China merece un análisis particular. Su proceso político combina elementos provenientes de la tradición marxista, de la cultura nacional china y de una profunda influencia confuciana. Esta síntesis le ha permitido desarrollar una experiencia singular difícil de encuadrar en las categorías políticas occidentales tradicionales. El confucionismo -negado en un principio- terminó brindándole un basamento conceptual nacional y recuperando el enorme caudal de una cultura milenaria. El marxismo fue abandonando el dogmatismo vanguardista para transformase en una herramienta de articulación dirigencial detrás del materialismo dialéctico.

El basamento confuciano que nutre la experiencia china también está presente, con distintas expresiones, en países como Vietnam, Corea del Sur, Japón y Singapur. De allí su importancia, ya que permite comprender no sólo los elevados niveles de armonía social alcanzados por estas sociedades, sino también las posibilidades de impulsar procesos de integración y unidad regional sustentados en principios culturales compartidos.
Además, existen vínculos históricos e intelectuales que invitan a una reflexión más profunda desde la perspectiva del pensamiento nacional argentino. Las coincidencias y los puntos de contacto entre las búsquedas de Mao Zedong y Juan Perón respecto de la autodeterminación de los pueblos, el desarrollo nacional y la organización de las masas populares, así como la relación personal entre ambos líderes constituyen un campo de análisis que excede los límites de este trabajo. Por esa razón, quienes deseen profundizar en esta temática pueden consultar el artículo “Mao y Perón: dos senderos hacia la autodeterminación popular”, donde se desarrolla con mayor detalle la relación entre ambas experiencias históricas.
Otro milagro desde el Sur: Francisco
Sin embargo, también Occidente daría una sorpresa.
Cuando sus instituciones atraviesan una profunda crisis moral y ética; cuando las dirigencias políticas parecen incapaces de ofrecer horizontes de sentido; cuando las grandes potencias, atrapadas en sus propios delirios hegemónicos, empujan al mundo hacia conflictos cada vez más peligrosos, surge desde el extremo sur del planeta un hecho inesperado: la teología del pueblo del Papa Francisco.

Al igual que las multitudes obreras que irrumpieron en la historia argentina el 17 de octubre, Francisco emergió desde una periferia que el poder mundial solía mirar con indiferencia. Su aparición no fue solamente un acontecimiento religioso. Representó la irrupción de una nueva mirada sobre el hombre, la comunidad y la política.
Frente al individualismo extremo, reivindicó la cultura del encuentro. Frente a la lógica de la confrontación permanente, propuso que la unidad es superior al conflicto. Frente a la pretensión de imponer modelos universales desde centros de poder alejados de los pueblos, recuperó el valor de las culturas populares, de las comunidades concretas y de la participación de los hombres y mujeres comunes en la construcción de su destino.
La Teología del Pueblo, desarrollada por pensadores como Lucio Gera, Rafael Tello y Juan Carlos Scannone, influyó profundamente en la formación intelectual del papa Francisco. Su idea central sostiene que la transformación histórica no surge de la aplicación de una ideología sobre la sociedad, sino del desarrollo de las potencialidades espirituales, culturales y solidarias que existen en el propio pueblo.
Por eso privilegia:
- La noción de pueblo antes que la de clases.
- La cultura antes que la ideología.
- La unidad antes que el conflicto permanente.
- La participación popular antes que las vanguardias.
No resulta casual que conceptos como “cultura del encuentro”, “amistad social” o “unidad superior al conflicto” ocupen un lugar central en el pensamiento de Francisco.
De esta manera, Francisco aportó un marco filosófico y espiritual capaz de abrir también en Occidente la esperanza de renovadas formas democráticas. Una democracia fundada no en la imposición ideológica ni en el predominio de minorías ilustradas, sino en la confianza en el pueblo, en sus valores, en su cultura y en su capacidad creadora.
Así como Asia comenzó a explorar caminos de armonización social basados en principios compartidos, Francisco recordó a Occidente que ningún proyecto humano puede sostenerse sin comunidad, sin solidaridad y sin una profunda fe en la dignidad de los pueblos.
Volver a Perón para pensar el futuro
Las experiencias asiáticas y la Teología del Pueblo de Francisco muestran que la organización de una comunidad sobre principios compartidos no constituye una reliquia del pasado. Por el contrario, aparece como una de las grandes búsquedas políticas, culturales y espirituales del siglo XXI.
Volver a Perón no significa regresar a una época fosilizada ni repetir mecánicamente experiencias históricas. Significa recuperar una intuición profundamente moderna: que los pueblos no se realizan cuando obedecen ideologías cerradas, sino cuando construyen colectivamente una doctrina que organice sus energías creadoras.
La tarea ya no consiste en imponer una verdad definitiva. Consiste en construir una comunidad capaz de buscarla permanentemente. Porque la doctrina no pretende reemplazar al pueblo. Pretende darle una dirección común para que sea el propio pueblo quien construya su destino.

