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LA ACTUALIZACIÓN DOCTRINARIA: LA SOBERANÍA POLÍTICA (2)

  • julio 10, 2026
  • Daniel Di Giacinti
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Por Daniel Di Giacinti

“El itinerario está trazado; debemos prepararnos para recorrerlo. Una difícil y sutil tarea es ésta para los hombres del futuro: lograr una integración que no consista en una nueva manifestación enmascarada de imperialismo; compatibilizar el universalismo con la indispensable preservación de la identidad de los pueblos. Así como sostuve que una auténtica comunidad organizada no puede realizarse si no se realiza plenamente cada uno de sus ciudadanos, pienso que es imposible concebir una integración mundial armónica sobre la base de una nivelación indiscriminada que despersonalice a los pueblos y enajene su verdad histórica.”

Juan Domingo Perón (1)

El proceso de integración propuesto por el justicialismo no concluye en la organización política de una nación. La construcción de una comunidad organizada constituye apenas una etapa dentro de un proceso histórico de ampliación de las solidaridades humanas.

La organización de la comunidad comienza con el desarrollo de la solidaridad social. Los trabajadores, empresarios, profesionales, productores y organizaciones políticas se agrupan para defender intereses comunes y participar activamente en la vida pública. Sobre esa base se construyen instituciones capaces de canalizar la creatividad colectiva y fortalecer la participación popular.

Pero la solidaridad social representa solamente un primer escalón. Su maduración conduce naturalmente hacia una solidaridad nacional, donde los distintos sectores de la comunidad aprenden a contemplar sus intereses particulares desde la perspectiva del destino común de la Nación. Es en este nivel donde aparecen los ámbitos de articulación entre las organizaciones libres del pueblo, las fuerzas políticas y los órganos de gobierno, permitiendo la construcción de proyectos nacionales compartidos.

Sin embargo, el proceso de integración no se detiene allí. Una vez alcanzada la unidad nacional, la lógica misma de la solidaridad impulsa nuevas formas de asociación entre los pueblos. Así como los individuos se organizan en comunidades y las comunidades en naciones, las naciones están llamadas a encontrar formas superiores de cooperación que permitan afrontar conjuntamente los desafíos de su tiempo.

Por esa razón el justicialismo concibió la unidad latinoamericana como una consecuencia natural de la organización nacional. La solidaridad nacional debía proyectarse hacia una solidaridad continental capaz de fortalecer la independencia de los pueblos de Latinoamérica y ampliar sus posibilidades de desarrollo. Del mismo modo, la integración continental aparece como un paso previo hacia formas más amplias de cooperación universal.

La liberación de los pueblos depende precisamente de esta capacidad para desarrollar instituciones cada vez más complejas que expresen grados crecientes de solidaridad. Allí reside el verdadero sentido histórico de la soberanía nacional: no en el aislamiento, sino en la capacidad de integrarse libremente a proyectos comunes conservando la propia identidad y la capacidad de decisión.

La batalla por la maduración de los pueblos

Sin embargo, este proceso de crecimiento solidario encuentra inevitables resistencias. Las formas contemporáneas de dominación colonial ya no se expresan exclusivamente mediante la ocupación militar o la subordinación económica directa. También se manifiestan a través de sistemas políticos, culturales e institucionales que ahogan la capacidad de los pueblos para organizarse y participar activamente en la construcción de su propio destino.

Muchas de las formas de representación predominantes en Occidente fueron eficaces en determinadas etapas históricas y contribuyeron, en su momento, a ampliar la participación política de sectores sociales emergentes. Sin embargo, las profundas transformaciones económicas, tecnológicas y culturales de nuestro tiempo han puesto en evidencia sus limitaciones para canalizar las nuevas capacidades de participación y organización de las comunidades.

Esta crisis se manifiesta incluso en los propios países desarrollados, donde crecen la desconfianza hacia las instituciones, la fragmentación social y las dificultades para construir proyectos colectivos de largo plazo. Pero sus efectos resultan aún más profundos en las naciones en desarrollo, donde la adopción acrítica de modelos políticos concebidos para otras realidades históricas suele obstaculizar la maduración de formas propias de organización y participación popular.

Mientras la creciente complejidad de las sociedades contemporáneas exige mayores niveles de cooperación, deliberación y compromiso colectivo, estos modelos continúan reduciendo la vida política a la competencia electoral periódica y a la administración fragmentada de intereses sectoriales.

Se trata, en muchos casos, de verdaderos “modelos llave en mano” que presentan determinadas formas democráticas como ideales universales e inmutables. Sin embargo, toda democracia nació como una innovación histórica destinada a incorporar nuevos actores sociales al ejercicio del poder. La revolución norteamericana, por ejemplo, permitió el ascenso político de las burguesías coloniales frente a la monarquía británica y dio origen a instituciones adecuadas a las necesidades de su tiempo.

Es una evidente acción colonialista que aquellas mismas potencias que construyeron instituciones revolucionarias para ampliar la participación política de los sectores emergentes de su época tiendan hoy a presentar esos modelos históricos como fórmulas definitivas, cuestionando la búsqueda de nuevas formas de organización que se adapten a la enorme revolución cultural de un mundo altamente tecnificado. Sólo la incorporación de toda la Comunidad a los debates nacionales puede generar la nueva dinámica participativa y recuperar el protagonismo ciudadano. Se debe lograr una nueva armonía social que deje atrás a las democracias liberales, hoy totalmente cooptadas por los dueños del mundo que las han transformado en verdaderas plutocracias.

Por eso mantener las formas participativas de hace dos siglos es una necesidad fundamental de las potencias dominantes para impedir el ascenso de las comunidades a su autodeterminación. La verdadera batalla cultural para lograr la liberación consiste entonces en promover formas superiores de organización democrática capaces de acompañar la maduración social y política de los pueblos. La cuestión central ya no es únicamente quién gobierna, sino cómo se organiza la participación colectiva para que las comunidades puedan ejercer plenamente su derecho a la autodeterminación y convertirse en protagonistas de su propio desarrollo.

Como advertía Juan Perón: “Estamos en la aurora de un nuevo renacimiento, pero seríamos muy ingenuos si confiáramos en que tal renacimiento resultará un producto espontáneo de la historia del mundo. Como participamos de una etapa en la cual las determinaciones políticas básicas se dan en el nivel de los pueblos organizados en Estados, la unión que conduzca al universalismo sólo puede provenir de los pueblos mismos antes que de decisiones arbitrarias.” (2)

Hacia el universalismo

Perón concebía la historia como un proceso de ampliación progresiva de las solidaridades humanas. Así como los individuos se organizan en comunidades y las comunidades en naciones, las naciones están llamadas a integrarse en unidades cada vez más amplias. Por eso visualizaba una evolución histórica que partía de las nacionalidades, avanzaba hacia el continentalismo y culminaba finalmente en el universalismo. Consideraba que éste constituía el destino último de la humanidad organizada y convocaba a trabajar por un mundo en el que los hombres pudieran sentirse, sin renunciar a sus raíces, verdaderos ciudadanos del mundo.

Sin embargo, este universalismo no podía construirse sobre relaciones de dominación ni sobre la imposición de unas naciones sobre otras. Debía surgir de la libre asociación de pueblos soberanos. En ese sentido, sostenía que la unión de los países del Tercer Mundo representaba un tránsito necesario hacia un universalismo justo, capaz de superar tanto los enfrentamientos nacionalistas como las pretensiones hegemónicas de los grandes centros de poder. Por eso advertía que la humanidad se encontraba ante una alternativa histórica decisiva: avanzar hacia formas crecientes de integración y cooperación o precipitarse hacia conflictos cada vez más destructivos.

La respuesta que proponía era la construcción de comunidades organizadas, firmemente arraigadas en su identidad cultural y nacional, pero al mismo tiempo abiertas a una vocación universalista. Sólo pueblos conscientes de sí mismos y capaces de ejercer plenamente su autodeterminación podrían contribuir a la construcción de una humanidad integrada, donde la unidad no significara uniformidad, sino armonización de las diversidades en un proyecto común de realización humana.

Hacia un nuevo mundo bipolar

Frecuentemente se afirma que el mundo actual avanza hacia una configuración multipolar como consecuencia del crecimiento económico de Asia y de la aparición de nuevos centros de poder global. Sin embargo, más allá de la diversidad de actores existentes, puede observarse una tensión fundamental entre dos grandes tendencias históricas. Por un lado, las potencias que procuran preservar el orden internacional surgido de la segunda posguerra y mantener los mecanismos políticos, económicos y financieros que les han permitido ejercer una posición predominante en el sistema mundial.

Por otro, un conjunto cada vez más amplio de países que buscan mayores márgenes de autonomía política, económica y cultural, reclamando formas más equilibradas de organización internacional. Décadas atrás, Perón anticipaba esta realidad al reflexionar sobre el papel histórico del Tercer Mundo:

“La fortaleza del Tercer Mundo ha de residir precisamente en la sólida configuración de un movimiento que respete la pluralidad ideológica, siempre que conserve el denominador común de la liberación.” (3) Y agregaba: “Estoy pensando en América Latina, África, Medio Oriente y Asia, sin distinciones ideológicas.”(4)

La importancia de esta reflexión radica en que la integración internacional ya no puede construirse exclusivamente sobre afinidades ideológicas. Debe apoyarse en objetivos comunes vinculados al desarrollo, la cooperación y la defensa de la soberanía de los pueblos.

El desafío del siglo XXI: la lucha contra la hegemonía colonial

“…No cabe duda de que el Tercer Mundo debería conformarse como una extensa y generosa comunidad organizada. El Modelo Argentino incorpora y sintetiza nuestra “Tercera Posición”, pero no puede dejar de reconocer que “Tercer Mundo” y” Tercera Posición” no significan lo mismo.
La Tercera Posición es una concepción filosófica y política. No todos los países que integran el “Tercer Mundo” participan necesariamente de ella. Es prudente admitir, en consecuencia, que la fortaleza del Tercer Mundo ha de residir precisamente en la sólida configuración de un movimiento que respete la pluralidad ideológica, siempre que conserve el denominador común de la liberación.” (5)

En este contexto adquieren especial relevancia las experiencias de cooperación Sur-Sur impulsadas por numerosos países de Asia, África y América Latina. Las orientaciones generales de la política exterior china, por ejemplo, han insistido durante décadas en principios como el respeto a la soberanía nacional, la no intervención en asuntos internos, la cooperación para el desarrollo y la búsqueda de beneficios recíprocos entre los Estados. (6)

Más allá de las diferencias culturales, políticas o económicas que puedan existir entre los distintos países, estas posiciones reflejan una tendencia histórica más amplia: la búsqueda de un orden internacional menos concentrado y más respetuoso de la diversidad de caminos de desarrollo. El siglo XXI parece encaminarse hacia una reconfiguración profunda de las relaciones internacionales. Los centros tradicionales de poder enfrentan crecientes desafíos, mientras nuevas regiones del mundo incrementan su influencia económica, tecnológica y política.

En ese escenario, la responsabilidad histórica de la Argentina y de América Latina consiste en construir una voz propia. La soberanía nacional ya no puede reducirse a la defensa de fronteras ni a la administración de intereses inmediatos. Debe expresarse en la capacidad de los pueblos para organizarse, integrarse y participar activamente en la construcción de un orden internacional más equilibrado.

Quizás allí resida una de las tareas más importantes del justicialismo en el siglo XXI: contribuir a tender puentes entre distintas tradiciones culturales y políticas, fortaleciendo la cooperación entre los pueblos y promoviendo una nueva etapa histórica basada en la autodeterminación, la solidaridad y la dignidad humana.

(1), (2), (3), (4), (5) Juan Domingo Perón, El Modelo Argentino

(6) “…el establecimiento sucesivo de los lazos de amistad, unidad y cooperación con los países del tercer mundo en vías de desarrollo forma parte de los puntos elementales de la política exterior de China. Los países del tercer mundo siguen siendo una existencia real y representan la mayoría dentro de los países del mundo. Apoyamos firmemente a que los países en vías de desarrollo sigan el camino de la unión, el auto fortalecimiento y la cooperación Sur-Sur, y reclamamos modificar el irrazonable orden económico internacional a través de las negociaciones globales.
Sin luchar contra la política hegemonista, no se podrá lograr o mantener ni la paz mundial o regional, ni la seguridad nacional de cada país. El hegemonismo a que nos referimos no indica a ningún determinado país, sino a una conducta infractora a las normas mundialmente reconocidas en las relaciones internacionales. China no procura la hegemonía y apoya todas las justas luchas contra el hegemonismo y la política de fuerza.
China desea desarrollar relaciones con todos los países del mundo en base de los cinco principios de respeto mutuo a la soberanía estatal e integridad territorial, no agresión, no intervención en los asuntos internos de otros países, igualdad, beneficio recíproco y coexistencia pacífica.

LI GUOXING (Ex Embajador de China en Argentina). Revista de Relaciones Internacionales Nro. 2. Instituto de Relaciones Internacionales. Universidad Nacional de La Plata. https://revistas.unlp.edu.ar/RRII-IRI/article/view/2019

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