Por Daniel Di Giacinti

“El Movimiento tiene enemigos de afuera y enemigos de adentro: quien no lucha contra el enemigo ni por la causa del pueblo, es un traidor. Quien lucha contra el enemigo y por la causa del pueblo, es un compañero. Y quien lucha contra un compañero es un enemigo o un traidor.”
Juan Perón, Actualización política y doctrinaria para la toma del poder. (1)
El peronismo, desde su nacimiento, señaló que la lucha por la liberación nacional no se desarrolla únicamente contra factores externos, sino también contra deformaciones internas que terminan debilitando al propio movimiento popular. La historia argentina demuestra que ningún proyecto de emancipación puede consolidarse si no reconoce con claridad quiénes son sus adversarios afuera y cuáles son las desviaciones que lo corroen desde adentro.
El enemigo externo
El enemigo externo del peronismo ha sido históricamente el sistema de dominación colonial que impide la autodeterminación de la Nación y de su proyecto institucional: la Comunidad Organizada. No se trata solamente de un país extranjero o de una potencia específica, sino de un entramado económico, financiero, cultural y político que busca subordinar a la Argentina a intereses ajenos.
En la época de Perón ese poder se expresaba principalmente a través del imperialismo británico y luego norteamericano, de los grandes grupos financieros internacionales y de una estructura agroexportadora dependiente, sostenido por un entramado político caracterizado por el fraude electoral. Hoy ese esquema adoptó formas más sofisticadas: fondos financieros, corporaciones globales, organismos internacionales de crédito, monopolios tecnológicos y plataformas culturales capaces de moldear el sentido común de las sociedades, sostenidas por una nueva forma de participación política acotada: las democracias coloniales.
Ese poder externo necesita países débiles, fragmentados y endeudados. Necesita pueblos enfrentados entre sí, comunidades sin organización y dirigencias políticas incapaces de construir proyectos nacionales autónomos. Por eso impulsa democracias vacías donde la participación popular queda reducida al acto electoral impidiendo la maduración colectiva, mientras las grandes decisiones económicas quedan en manos del poder financiero internacional.
La colonización actual no se sostiene solamente con coerción económica. También opera culturalmente. Promueve el individualismo extremo, el consumismo, el desprecio por la comunidad y la destrucción de toda identidad nacional o solidaridad colectiva. El ciudadano deja de pensarse como parte de una comunidad para convertirse únicamente en consumidor.
Desde esta perspectiva, el proyecto de Javier Milei aparece como la expresión extrema de esa colonización contemporánea: un modelo que propone la disolución del Estado nacional, la mercantilización absoluta de la vida social y la subordinación plena a intereses globales.
El enemigo del peronismo, entonces, no es únicamente un adversario electoral. Es un sistema hegemónico mundial que busca impedir que los pueblos construyan soberanía política, independencia económica y justicia social.
La democracia colonial: el sistema que vacía de poder a los pueblos
No se trata de una dictadura ni de la ausencia de elecciones. La democracia colonial funciona mediante gobiernos elegidos por el voto popular, pero las decisiones estratégicas terminan condicionadas por poderes económicos y financieros que están por encima de los Estados.
Los ciudadanos participan únicamente votando cada algunos años, mientras las grandes decisiones quedan en manos de una casta política profesional condicionada por mercados financieros, corporaciones globales, organismos internacionales y monopolios mediáticos.
Esta delegación de poder de la ciudadanía gestaba autoridades estables hace dos siglos. Pero hoy en un mundo convulsionado por una conflictividad creciente, esta delegación de responsabilidades garantiza el surgimiento de un ciudadano descomprometido y sin ninguna posibilidad de maduración de su cultura social.
La política se reduce a una pelea permanente entre partidos que buscan acceder al gobierno para imponer sus propios programas. El pueblo queda relegado al rol de espectador, atrapado en una lógica donde solo puede elegir: “quién administrará la crisis” o como diría el General, “elegir la cuerda con la cual te van a colgar”.
En este sistema, las dirigencias políticas se alejan de la comunidad y se transforman en castas profesionales preocupadas más por las encuestas y las alianzas electorales que por construir un proyecto nacional.
Al mismo tiempo, la democracia colonial necesita sociedades fragmentadas e individualistas. El consumismo, la polarización y la confrontación permanente destruyen los vínculos comunitarios y debilitan toda posibilidad de armonía social.
El ascenso de fenómenos como Javier Milei expresa justamente esa crisis de representación. Su llegada al poder canalizó el rechazo hacia una dirigencia desacreditada.
El enemigo interno
Juan Perón siempre comprendió que ningún enemigo externo podría triunfar sin complicidades internas. Y no nos referimos solamente a las oligarquías nativas, socios lógicos de los enemigos de la nación, sino también a las debilidades propias de los movimientos que buscan su independencia. Por eso el problema central del movimiento nacional no es solamente cómo enfrentar al poder colonial, sino cómo evitar las deformaciones internas que terminan neutralizando su potencia revolucionaria.
El principal enemigo interno del peronismo es la burocratización liberal.
Cuando el movimiento abandona su convocatoria histórica a la construcción de una nueva democracia y reduce la política a una administración progresista dentro de la institucionalidad liberal, pierde su sentido transformador. El pueblo deja de ser protagonista para convertirse únicamente en votante o espectador.
Así aparecen las castas políticas profesionales: dirigentes que hablan en nombre del pueblo, pero viven separados de él; estructuras preocupadas más por administrar poder que por construir comunidad; sectores que terminan adaptándose a las reglas del sistema que originalmente el peronismo venía a superar.
Perón no convocó a los trabajadores solamente a votar y defender sus intereses sectoriales. Los convocó a movilizarse y comprometerse para construir una nueva Argentina. Esa diferencia es fundamental.
El enemigo interno aparece cuando el peronismo deja de movilizar conciencias para enfrentar a estas democracias blandas y se entrega al sistema participando y legalizando con su presencia las coyunturas electorales de una colonia. Cuando reemplaza la doctrina por el marketing político. Cuando sustituye la organización popular por acuerdos de cúpulas. Cuando la militancia deja de ser compromiso histórico y se transforma en simple aparato electoral.
También aparece cuando sectores del movimiento asumen una lógica ideológica cerrada y vanguardista, creyéndose dueños de una verdad absoluta que debe imponerse desde arriba. El peronismo nació justamente para romper con esa concepción elitista de la política. Este ideologismo señala a los enemigos de la Nación, pero utiliza para enfrentarlos formas políticas que son siempre cerradas y verticales a un grupo supuestamente esclarecido o un “partido revolucionario”, siempre respetando las reglas participativas de la democracia formal.
Otro enemigo interno es el personalismo vacío. Un caudillismo que también discursivamente señala en detalle las acciones que hay que realizar, proclamando constantemente la organización popular, pero sin brindar las herramientas para ponerla en marcha. Condicionando de esa forma el crecimiento de sus fuerzas políticas al “síganme que no los voy a defraudar”.
Solamente el acuerdo sobre una doctrina nacional compartida por dirigencias y comunidad puede poner en marcha las nuevas autodeterminaciones populares. Cuando la conducción deja de estar subordinada a una doctrina común y todo depende exclusivamente de liderazgos individuales, el movimiento pierde organicidad y termina fragmentándose.
Finalmente, el enemigo interno es la resignación cultural. La aceptación de que no existe alternativa al sistema liberal actual. Cuando el peronismo se limita a gestionar la crisis dentro de las reglas de la democracia colonial y abandona la idea de construir una nueva forma de participación ciudadana, deja de ser un movimiento de liberación para convertirse apenas en el “polo progresista” del orden existente.
La batalla verdadera
La verdadera lucha del peronismo no es solamente electoral. Es una disputa histórica por el sentido de la comunidad, por la soberanía nacional y por el protagonismo del pueblo.
El enemigo externo busca colonizar a la Nación. El enemigo interno vacía al movimiento de su espíritu revolucionario.
Por eso la reconstrucción del peronismo no puede surgir solamente de nuevas alianzas electorales. Debe surgir de una recuperación doctrinaria, espiritual y organizativa que vuelva a poner al pueblo en el centro de la construcción política.
Este camino no es una expresión de deseo. Está definido y profundizado en el historial de lucha de nuestro movimiento y en los textos fundamentales de nuestra revolución justicialista. Solo un nuevo espíritu nacional, luchando por una democracia moderna que permita la participación plena, puede gestar una esperanza real de liberación.
Debemos terminar con el “votáme a mí que te voy a resolver los problemas” y reemplazarlo por “organicémonos para construir juntos una patria mejor”.
Debemos reemplazar la especulación material por movilización activa. Recuperar la solidaridad social como base de una futura organización institucional. No nos organizarnos solamente para defender intereses sectoriales, sino para construir una comunidad que resuelva los problemas de todos.
Es preferible perder una votación sumando poder detrás de una esperanza a largo plazo, que ganarla siendo orgánicos a un sistema colonial que galvaniza la dependencia.
Hay que dar todas las batallas coyunturales que se presenten, pero subordinadas a un objetivo superior que ennoblezca la lucha y que no la reduzca a una simple disputa de cargos.
No queremos ser los administradores progresistas de una colonia. Queremos una patria libre, justa y soberana.
Sólo la construcción de una nueva democracia nacional y popular puede liberarnos. Todo aquel que se presente en contra de ese deseo plasmado por Juan Perón en el Modelo Argentino será nuestro enemigo.
Así iremos separando la paja del trigo.
(1) Ver video en: https://www.youtube.com/watch?v=rKYkPfjJcZ8&t=22s

