Por Daniel Di Giacinti

El espectáculo dado por la clase política argentina en la sesión de apertura del parlamento fue realmente un acto dantesco. No solamente por la descompuesta e irracional violencia del Calígula de las Pampas, sino por el marco institucional del resto de las fuerzas políticas que confirmaron una falta de alternativa esperanzadora para el país aferrándose a un antimileísmo extremo. Advertimos hace ya muchos meses sobre el peligro de la transformación del peronismo en el polo progresista de una democracia colonial que funciona alimentada por un sector que representa una plutocracia al servicio de la hegemonía trumpista y otro polo que expresa un vanguardismo progresista a espaldas del pueblo.
Una cosa es segura, el pueblo está en la tribuna viendo el espectáculo, cada vez más desanimado y desencantado. Sin alternativas representativas nuevas se retira de la participación ciudadana como peligrosamente muestran el aumento de los índices de ausentismo en las últimas votaciones generales.
Los problemas de la argentina no son económicos, son políticos. Lo único que puede resolver los problemas de una economía colonial que fluctúa actualmente sin control entre la expansión y la contracción económica, es recuperar una estabilidad política que brinde la armonía social para recuperar la confianza comunitaria entre los argentinos y entre la comunidad y el Estado. Solo esa confianza puede permitir la proyección estratégica de un plan económico para sacar al país de su situación colonial.
Sin embargo el surgimiento de esa armonía social depende de cambiar las formas de participación de la ciudadanía que no se siente hoy incluida en las instituciones de la vieja democracia liberal. La nueva forma de representación propuesta por Juan Perón era la una transformación institucional que permitiera elevar la cultura social de la comunidad provocando una nueva acción ciudadana para multiplicar su compromiso y solidaridad, gestando un proceso de maduración colectiva. Para ello imaginaba la incorporación a la toma de decisiones nacionales de todas las organizaciones políticas y sociales abriendo el Poder Ejecutivo hacia la comunidad.
Pero para que esta nueva participación pueda ponerse en marcha hay que terminar con la confrontación política interna, aislando la imposición vanguardista o caudillista del sistema partidario liberal y reemplazarlo por un gran acuerdo nacional que subsuma las diferencias ideológicas en un amplio proyecto de país. Se trata de lograr acuerdos sobre un objetivo estratégico como Nación con una amplitud tal que permita mantener la diversidad ideológica partidaria detrás de un objetivo común. Esto permitirá abandonar el enfrentamiento disociativo actual que ha transformado a la política en una lucha destructiva para llegar al gobierno solamente, transformando esa confrontación en un debate sobre el mejor camino para lograr lo que todos queremos.
Claro que este proceso no puede presentarse como una imposición partidocrática hacia el pueblo, sino que debe encontrarse un camino para poder compartir el esfuerzo con la comunidad toda, ya que la política hoy debe ser comunitaria o no será política. Sumar al pueblo a esta nueva forma de participación es quizás el sentido más revolucionario del peronismo. Para que el pueblo todo pueda participar del proceso hay que “democratizar la forma de pensar”. Por eso Juan Perón sintetizó en 1950 lo que él consideraba los principios rectores de cualquier acción política nacional, entregándose públicamente a ellos y asumiéndolos como rectores de toda su acción política futura. Convocó luego a todo aquel que compartiera sus tres banderas de Justicia Social, Independencia Económica y Soberanía Política a pensar y construir “todos juntos” una nueva Argentina.
Porque para “hacer lo que las bases quieren”, o para lograr la integración real al poder de cualquier organización económica, política o social, ya sea municipal, provincial o nacional se debe imitar el ejemplo de Perón de buscar principios que permitan “pensar y construir en común”. De esa manera la futura Comunidad Organizada no delegará el poder, lo ejercerá en conjunto con los dirigentes políticos y sociales mientras se construye un nuevo país.
Recuperar el pensamiento de Juan Perón, debatir sus nuevas formas participativas, poner en marcha a la Comunidad para que “cree su destino”, son los caminos del peronismo para brindar una alternativa esperanzadora. Se debe abandonar al antimileismo extremo sin alternativas superadoras, porque ese sendero nos hará cómplices de una democracia colonial que hoy condena a los pueblos a su disociación segura. Se debe enfrentar el proyecto plutocrático, antipopular y antinacional de Milei con una alternativa democrática moderna, y con un profundo respeto a la verdadera libertad ciudadana que permita terminar con el sometimiento ideológico de las castas políticas, sean liberales, marxistas, progresistas o anarcocapitalistas y convocar a la organización de la capacidad creativa de todos aquellos que quieran una nueva Argentina, justa, libre y soberana.

