Una historia de estatuas…
Por Daniel Di Giacinti

Se venía el 2 de abril de 1984. Yo era responsable de la Juventud Peronista de Línea, una banda de más o menos 6 o 7 (pocos, pero buenos). Se pretendía realizar el desfile de excombatientes para responder al intento de ocultamiento de nuestras tropas luego de la derrota. Se salía del obelisco hasta la plaza Britania (ahora Fuerza Aérea Argentina, en Retiro). Recuerdo recorrer unas semanas antes la plaza para pergeñar algún acto para acompañar la celebración. De repente vemos la estatua de George Canning emplazada sobre la avenida del Libertador (sabrán disculpar algunos detalles producto de mi mala memoria que también es setentista). Decidimos entonces tratar de derribarla como acto reivindicativo de nuestra gesta malvinense. Comenzamos la planificación y lo primero que debíamos ver es cómo arrancarla de su pedestal. Pensamos que la mejor manera era con sogas. Claro no era con cualquier soga sino algo grueso y muy fuerte. Creo que Marcelo Cabeza visitó a un gremio que tenía que ver con lo portuario, o marítimo o pluvial para manguear sogas para el magno evento. La reunión con el secretario general estaba medio empantanada porque el compañero no era muy apegado a los temas históricos que Marcelo le comentaba. “…Pero muchachos es una estatua del Estado…va a ser un lío…no sé…” Hasta que surgió la frase que cambiaría todo…pero “… ¡Es un inglés!” “…Haber empezado por ahí -exclamó el compañero- y nos llevó a un galpón donde había enrolladas todo tipo de sogas para elegir.
El día del desfile la breve columna de Línea estaba rodeada de varias vueltas de una extraña soga gruesa que llamaba la atención como un exceso de seguridad.
El acto fue multitudinario y muy emotivo, la gente en los balcones vitoreaba a nuestros héroes. Al llegar a la plaza nos encontramos con una multitud. Nos acercamos a la estatua y estaba colgado de ella Víctor Ramos cortando al pirata la mano con una sierra. Luego de aplaudir la acción previa, pusimos manos a la obra y atamos las sogas a las dos manos y la cabeza del inglés. Algunos se acercaban preguntando ¿por qué hacen eso? y ya contestábamos con nuestra sintética consigna: es un inglés! …y todo fluía…
Hubo dos intentos fallidos porque las sogas a pesar de su grosor se cortaban. Ya era una multitud tirando de las mismas y había peleas por un lugar en la cinchada.
Hasta que a alguien se le ocurrió atarlas todas a la cabeza y ahí sí, la estatua se desprendió de su base y cayó ante la algarabía general.
Pero eso no terminaría ahí. ¡¡¡A algún enfervorizado excombatiente se le ocurrió decir…Hay que tirarla al Río de la Plata!!! La acción se desmadró por el entusiasmo popular y la pesada estatua fue arrastrada por las mismas sogas hacia la costanera. Pero claro el esfuerzo era descomunal. Fue entonces que alguien vio a lo lejos un camión recolector de basura que se dirigía a la terminal que estaba por esa zona, y lo pararon para enganchar la estatua y llevarla al río. El compañero chofer no quería saber nada, “…que estatua ni estatua, ¡tengo que entregar el camión e irme a mi casa que ya termino…” “…Pero…Es un inglés!” Gritaron a coro todos. Y otra vez la consigna salvadora resolvió el problema. La última imagen que tengo es la del camión arrastrando a la estatua por la calle entre chispas y una multitud que acompañaba alborozada.
Al otro día los medios gráficos horrorizados por la barbarie exclamaban contra el retorno de la violencia política y la tapa de la revista Somos nos mostró subidos al pedestal bajo el título: ¡Vuelven los montoneros!

También tuve el placer de ver en los noticieros el rescate de la estatua de Cannig con una grúa desde el río y su depósito en una comisaría. La verdad es que se merecía quedar detenida, pero en realidad estaban resguardando un bien del Estado.
Los años pasaron y en la época de Menen me encontraba leyendo con tristeza el acuerdo del famoso paraguas diplomático para recuperar las relaciones con los británicos y me encuentro con un ítem que me llamó inmediatamente la atención: Reposición de estatuas.
Al parecer cuando ocurrió lo de Canning, los ingleses, con otros modales, retiraron la estatua de San Martín que se encontraba en una plaza de Londres, y se acordaba en el acuerdo la restitución de ambas.

El lugar elegido para George fue la Plaza Mitre cerca de la embajada británica y por las dudas le pusieron una guardia por unas semanas para evitar las salvajadas. Sin embargo, con el correr del tiempo alguien le terminó cortando otra vez la mano.
Es que cómo diría el Inspector de aves de corral: “…los peronistas no son ni buenos ni malos son incorregibles!!

